Y aún a ratos ya ves

Después de The Memory Illusion de Dr. Julia Shaw, una no puede fiarse ya ni de sus recuerdos. Especialmente de los de la infancia, para Shaw una prueba evidente de cómo cada uno convive con su propio guionista.


Shaw es una mezcla entre neuróloga y bruja, una neurobruja digamos, que consigue por ejemplo crear en individuos adultos recuerdos de aquella boda en la que, a la edad de cinco años, derramaron zumo sobre los zapatos de la novia. Y el 60% acaba añadiendo detalles de por qué tropezó y de qué sabor era el zumo. Para aquellos que alguna vez fueron a Disneyland, se divierte haciéndoles recordar, con una nitidez exquisita, el momento en el que estrecharon la enorme mano de Bugs Bunny, imposible, claro, porque es el conejo de la competencia. Un poco en la línea del experimento del equipo Loftus en los 90.

Ojo con esta gente, que consiguió que 24 personas de entre 18 y 53 años se acordaran falsamente de que, siendo niños, se habían perdido en un centro comercial. Las imágenes y el testimonio (falso) de un familiar fueron la clave.

El libro es muy divertido, porque habla de nosotros y se completa con el proyecto artístico de Alasdair Hopwood, que recopila desde 2012 anécdotas de recuerdos imposibles en The False Memory Archive, una exposición itinerante sobre gente que recuerda cosas que sencillamente no son ciertas. Me gusta especialmente esta: Un hombre recuerda estar sentado en un banco junto a su madre, mirando la Coventry Cathedral, a medio construir, plagada de andamios. “Mi madre estaba allí con su vestido verde. Nada fuera de lo común, salvo que la Catedral se construyó en 1951 y yo nací en 1962”.

El recuerdo es como un pan que ha tenido tortilla, me dijo una vez V. Pero entonces qué, si lo que nos fundamenta es mentira, entonces qué nos queda, dónde está la línea, yo en esto soy como Mercedes Milá en Queremos saber, ese programa en el que entrevistaron a Miguel Bosé con la clara intención de inocular una falsa atracción sexual en mi persona.


En el otro lado, está todo aquello que hemos olvidado y en cambio sí sucedió, pero es que hace tanto tiempo, tantas paradas de metro, ya no la quiero pero cuánto la quise, si el recuerdo era mío, tengo derecho también a desecharlo.
El neurólogo Oliver Sacks, en su autobiografía On the Road, maravillosa, desternillante y falsa como todas las autobiografías, cita una carta que escribe Freud a Karl Abraham en 1924 -en aquella época Freud tenía 68 años- de la que me encanta esto: “a la unidad de mi persona le cuesta un gran esfuerzo conseguir que me identifique con el autor del libro sobre ganglios espinales en los Petromyzon. Sin embargo, al parecer se trata de la misma persona”.

Pero bueno, yo en el fondo me sigo fiando de los recuerdos, especialmente de los míos, lo que me pasa es que desconfío de los de los demás, si es que no hay como leer. Y ahora, desde ese feliz desastre que ha sido tener hijos, mi infancia viene a mi cabeza a menudo, en ese afán recapitulatorio, como si me hubiera mudado y estuviera deshaciendo cajas.

Me acuerdo de Superman 2 en el cine de verano, del anuncio de la muerte de Freddy Mercury, del tour de Perico Delgado y su escapada en la Plagne. Me acuerdo del olor a sobrasada, del campo de Rugby del Liceo cubierto de nieve y del debate de la nación con Tip y Coll los sábados por la mañana. Y me acuerdo también de la vez en la que tomé un telesilla con mi padre, con los bastones y los esquís cogidos en horizontal (no había nieve en la salida, de modo que no podíamos llevarlos puestos) y se me ocurrió ponerme detrás de él, me acuerdo del trayecto con mi padre casi colgando de la silla, y del miedo que tuve de que cayera al vacío por mi culpa.
Guardo por separado decenas de recuerdos en los que tengo la culpa de algo. La vez que mi hermano me acusó de hacer trampas al trivial cuando grité ¡el quebrantahuesos!, y yo no había hecho trampas, yo sabía que era el ave con mayor envergadura de la península ibérica, porque había ido a Ordesa de campamento, pero me sentí mentirosa, me delató una sonrisa estúpida que no pude contener y el veredicto familiar fue que por fuerza yo había mirado la tarjeta por detrás antes de empezar el juego.
Y sospecho que esto les pasa a muchos niños, a los míos por ejemplo. Más allá de la alegría, la calma, y la tristeza, está la culpa, un hit de las emociones digno de El monstruo de los colores, en un niño la culpa lo llena todo porque si somos protagonistas lo somos a lo bestia, y eso incluye ser culpable, no por judeocristianos sino más bien por ser niños y sentir que somos el centro de todo lo que sucede.

Acabo de terminar El Impostor de Javier Cercas, un relato fascinante de cómo Enric Marco, conocido como el deportado número 6.448, presidente de la asociación Amical Mauthausen y que llegó a ser condecorado con la Cruz de Saint Jordi, había construido en realidad su personaje y engañado a tanta gente durante 30 años. En 1941 no se exilió ni fue deportado sino que salió de España, de forma voluntaria, en busca de una oportunidad para trabajar en las industria de la Alemania nazi, nunca estuvo en Flossenberg, aunque sí pasó seis días en una cárcel alemana, por haber dicho que era comunista a un compañero del taller, en realidad uno amasa sus mentiras con ingredientes reales. Enric Marco es un mentiroso, como Madame Bovary, como Don Quijote, que no se conformó con la grisura de su vida real y construyó una heroica vida ficticia, dice Cercas, pero hay algo en el destino de Marco que profundamente nos atañe a todos pues todos representamos un papel, el hombre es un animal que miente.

A este hombre es verdad que se le fue de las manos pero de alguna forma los recuerdos son la manera en la que cada uno decide distorsionar su vida. A mí me siguen fascinando las listas de recuerdos, el inventario de las cosas que me gustan de Manuel Vicent (el arroz al horno, la voz de Ray Charles) o los 480 Je me souviens de Georges Pérec. Éste me encanta:

Je me souviens des bananes coupées en trois. Nous étions trois.

¿Qué recordarán nuestros hijos? Lo pensaba yo el otro día mientras columpiaba a mi hijo mediano. No me preguntes por qué pero a mí cuando columpio a un niño me viene a la cabeza el Cadillac Solitario y me la canto en bucle, sin parar, es mi mantra hacia el Nirvana con Loquillo de Dalai.

Es una alegría que el recuerdo sea aún un territorio propio, en el que cada uno decide distorsionar su historia como quiera, un paisaje inexacto que Google no ha invadido, no todavía. Seré una antigua pero yo lo prefiero así. Recuerdos imperfectos pero home made.


Hace poco vi un episodio de Black Mirror que me quitó las ganas de cenar. Los protagonistas tenían insertadas pequeñas cámaras en la nuca que les permitían grabar todo cuánto vivían y recuperar cada recuerdo de forma inequívoca, cada vez que era necesario. Terrorífico y útil para encontrar las llaves a la vez. Lo inquietante del capítulo es que los muebles, los peinados, los temas de conversación, eran parecidos a los nuestros, vulgares y prosaicos, lo cual hace te pensar que ese futuro no está lejos, tres o cuatro versiones de iPhone más y llegamos.
Es la misma sensación que la que tuve leyendo a Yuval Noah Harari, ese historiador israelí tan de moda y tan increíblemente parecido a Alberto Comesaña, de Las Amistades Peligrosas.


Harari sostiene en Sapiens: A Brief History of Humankind, que el Homo Sapiens arrasó al Neanderthal -se ha descubierto recientemente que convivieron y que uno exterminó al otro, habrá que darle una vuelta a aquel poster whig de La vida es así-, por su capacidad de recordar y relacionar hechos, tan útil en el campo de batalla. La revolución cognitiva, lo llama Harari, la misma capacidad que nos hizo después crear el lenguaje, inventar Dioses, establecer realidades tan tangibles hoy como el dinero o la libertad.
Lo peor de este hombre es que ha escrito la segunda parte, Homo Deus, y ahí sí que dices, mierda, este tío tiene razón, nadie nos protegerá de nosotros mismos, solo me alegro de que no me pille viva.
Nuestros hijos aún no tienen cámaras en los ojos y sus recuerdos serán incompletos, en constante trasiego entre memoria y ficción, recuerdos con aluminosis, como los nuestros, qué quieres que te diga, me quita un peso de encima.
Leo estos días Calm Parents: happy siblings de Laura Marham, en un intento más por atajar el tema de los celos entre hermanos, no será por no leer libros de autoayuda parental. Marham aporta claves para mejorar la relación entre hermanos, la más importante la paciencia, y pistas para saber cuándo intervenir y cuándo no. Mi problema es que cada vez que veo a mis hijos pelearse, nadie sabe a qué fenómeno científico se debe pero me sale una cana. En este sentido el libro me sirve, tengo un par de frases subrayadas y he decidido dejarlo a mano en mi mesilla que es como el pódium de la autoayuda. De todas formas, cuento esto aquí porque uno de los consejos que da Marham consiste básicamente en alterar los recuerdos. Lo dice con esa soltura que tienen los yanquis para dar instrucciones en sencillos pasos, como quien explica cómo desmontar el filtro de la lavadora, sin complejos ni matice europeos: “Por las noches, enfatice lo bueno que ha hecho el niño por su hermano durante el día, aunque sea una nimiedad. No dude en imprimir y enmarcar fotos de los momentos en los que los hermanos están juntos, colóquelas a la altura de los ojos del niños, para que se fije ese recuerdo” y en esas estoy, imprime que te imprime, en pleno ejercicio de propaganda fraterna. Son la pera estos yanquis.

¿Y tú? ¿Qué recuerdas? ¿Qué parte de tus recuerdos es cierta y cuál has rellenado con plastilina?

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