La importancia de dar las gracias

Todos llevamos una caca dentro. Me lo dijo mi hijo de cinco años, mientras cerraba el cuento de La Digestión, mirándome despacio a los ojos, temeroso de que al decirlo estuviera perdiendo algo de golpe, como si entrara en otra fase, más madura y consciente, de la vida. Es de esas verdades que una no puede negarle a un hijo. Ahora lo pienso mucho, en la empresa, mientras veo la tele o paseo por el centro. No sé, las cosas se ven de otra forma. Todos tenemos nuestros recodos y todos llevamos a cuestas lo que somos, de lo que estamos hechos.

Pienso últimamente que crecer también es eso, volver al origen, preguntar por nuestros antepasados, decir: gracias, con lo que he recibido tengo suficiente para hacer mi vida, reconocer que las experiencias más emotivas son, muchas veces, profundamente fisiológicas.

Durante años he buscado entre la gente algo, alguien seguramente, un chico lo más probable, guapo de preferencia, que pudiera devolverme mi imagen entera, completarme, hacerme feliz. Y la experiencia que buscaba era intelectual, me fijaba en Virginia Woolf, en la Beauvoir, las grandes del siglo XX y en cierto modo me gustaba tener, como todos a esa edad, une certaine difficulté d’être, tantas veces decepcionada por no recibir lo que yo estaba dispuesta a dar.

Pero a quienes yo admiraba en secreto y envidiaba de verdad era a aquellas chicas que tenían más o menos mi edad pero que ya iban a discotecas, porque parecían mayores y besaban a unos y otros sin enamorarse del todo, porque no necesitaban a nadie que las completara, porque ya tenían mucha noche, chicas millonarias en vivencias, yo lo notaba en sus mejillas sutilmente maquilladas, en su rímel, en sus gestos displicentes que provocaban en mi un sentimiento de inferioridad cuyas cenizas aún humean. Desde esa época, sé reconocer al instante a esas mujeres, superiores a mí en todo, no sólo entonces sino ya para siempre, esas chicas a las que nunca lograré parecerme.

En aquella época, para ser feliz, también era importante tener la razón. Militar en algo, lo que fuera, todo menos no opinar, y cada argumento era en realidad una afirmación de la propia conveniencia, porque en la opinión proyectábamos sobre todo nuestra imagen anhelada. Y también era importante, en tercer lugar, que te quedaran bien los levis. Más o menos así:

Leo estos días La gratitud el libro póstumo de Oliver Sacks, que me encanta porque es honesto y nace de su vida acumulada. Me enseña una pieza clave, que faltaba y que sustituye en realidad al resto. Por delante de buscar la verdad, de tener la razón, de sentirse completo, está la gratitud. Pelín lenta porque lo veo ahora que supero la treintena, hasta el punto de superar la cuarentena.

Y he recordado a mi madre, con su argumento incansable: ”Acábate el arroz que los niños de Etiopía no tienen qué comer” y yo no veía la ecuación, cómo leches mi empacho podía resolver una hambruna tan lejana, y resulta que (gracias mamá, ahora lo pillo) ella me hablaba de gratitud.

Dice Owen M. Griffith, en Gratitude: A way of teaching, esto: “As nice as it is to think about having a five-year-old who appreciates and shows gratitude for everything, the truth is, parents can feel successful if they raise a thirty-five-year-old who embodies that grateful spirit.” Así que la cosa va para largo.

Total, que me he puesto manos a la obra con los niños. No es fácil investigar sobre este tema porque cualquier texto sobre gratitud parece que lo ha escrito Paulo Coelho, a veces la verdad es así de cursi.
Para empezar hemos creado un diario de gratitud. Tres cosas cada día, es importante que sea por escrito y no vale repetir. Hoy hemos anotado: gracias por el gazpacho, por Gru3, por la cristalmina. La cosa promete. Si no podemos evitar tener niños que suspendan o que se enamoren de cualquiera como me pasaba a mí, al menos tendremos un cuaderno con todas las cosas que tenían sentido.

Y tú. ¿Tienes un diario de gratitud? ¿Eres capaz de dar las gracias a tus padres? (perdonar no sirve, tiene que ser dar las gracias) ¿Eres capaz de decir a tu pareja: gracias, sin ti también estaría bien?

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