Pues mucho más a mi favor

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Dicen las profecías bíblicas que una de las señales del fin del mundo es que “vendrán pestes, hambre, fuego y terremotos” (Lucas 21:11) y también que “los niños serán desobedientes a los padres” (2 Timoteo 3:2, 3) y a mí, qué quieres, me va cuadrando todo.

En estos días de pandemia, la incertidumbre es un líquido marrón que se expande por la superficie. Y cada uno lo combate como puede.

La mente trabaja sin descanso, descartando unos datos, aceptando otros, hasta llegar a la conclusión que queríamos y que encaja con nuestra visión del mundo. Lo dice la teoría del pensamiento motivado: para cualquier estudio, en cualquier campo, lo más probable es que las personas lleguen a la conclusión que querían llegar: ha sido el capitalismo, han sido los chinos, la tierra se ha cansado, he aquí la señal que esperábamos.

Cambiar de opinión duele más que arrancarse la piel. Por eso pienso que las pruebas que encontramos hablan sobre todo de quiénes somos. El psicólogo L. Festinger lo cuenta en “When Profecy Fails” (1956) un libro que me ha parecido delicioso.

Festinger y su equipo se infiltraron durante años en la secta The Seekers que tenía el fin del mundo previsto para el 21 de diciembre de 1954. Así lo había profetizado Sananda, la reencarnación astral de Jesucristo. Sananda se comunicaba a través de Dorothy Martin, una mujer dulce, carismática que era la líder de los Seekers en la tierra. Cuando llegara la fecha, Sananda pasaría a salvar a los miembros de la secta en su nave y la tierra quedaría arrasada por una explosión. Aquel invierno, unos días antes del 21 de diciembre, muchos dejaron sus trabajos, vendieron sus casas y se despidieron de sus familias. Hasta aquí todo bien.

Festinger y su equipo pasaron el día D integrados en la secta. Era el momento que habían esperado: ¿Qué pasa con un grupo de individuos cuando descubren que se han equivocado? Al principio, en vista de que no pasaba nada, algunos pidieron una explicación. Pero al final de la tarde, Dorothy anunció un oportuno mensaje de Sananda: el mundo había sido salvado en el último momento. El pequeño grupo, que había pasado la noche rezando, lo había hecho con tanta devoción que había salvado al planeta. ¡Aquel pequeño grupo, solo con la fuerza de su fe, había liberado al mundo!

Desde ese día, los Seekers, que hasta entonces habían vivido casi escondidos y de espaldas a la prensa, decidieron crear su propia iglesia. Lejos de aceptar el equívoco, se vieron reforzados en su idea original. “La urgencia por evangelizar al resto era total” explica Festinger. La medida de los sacrificios que cada una de esas personas había hecho (su casa, su dinero, su familia) fue el pegamento que consolidó su fe en Dorothy Martin y la piadosa Sananda.

Éste puede ser un caso extremo, pero desde que Festinger habló de la disonancia cognitiva, cientos de estudios nos han mostrado cuánto nos cuesta cambiar de opinión, aunque esté claro que estamos equivocados. La cabeza no descansa hasta encontrar las pruebas de aquello que nos deja a salvo. Pretendemos ser científicos y sólo somos abogados.

Cada uno tiene ya su opinión de cómo se ha gestionado esta crisis, apoyada por la estadística, la ciencia y varias vivencias personales e indiscutibles. Y coincide que piden la dimisión quienes no votaron a este gobierno y a hablan de deslealtad quienes sí lo hicieron. Pienso lo mismo que cuando uno de mis hijos quiere justo el mismo juguete que tiene el otro: “VAYA POR DIOS, MIRA TÚ QUÉ CASUALIDAD”.

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Para Ziva Kunda, la creadora de la teoría del pensamiento motivado, es un mecanismo de supervivencia: lo mismo que nuestro cerebro reacciona para huir del predador, lo hace para huir de ideas que ponen en peligro quiénes somos. La realidad es tozuda, pero nosotros lo somos más.

El camino a la conclusión es emocional y para cambiar de opinión no valen datos, o no solo. Cuando uno ya eligió el bando, los datos son una táctica más del bando rival y pasan desapercibidos. Incluso cuando más equivocados estamos, buscamos como polillas los argumentos que nos ayuden a mantener nuestro sistema de creencias en pie. Y siempre hay algo que nos da la razón. La dialéctica nos ayuda, como ayudó a los Seekers, para llegar al tan codiciado, PUES HOMBRE MUCHO MÁS A MI FAVOR.

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Leo estos días “The Enigma of Reason”, un exquisito ensayo de Hugo Mercier, un especialista en ciencia cognitiva de la universidad CNRS de Paris. Es muy divertido porque ilustra con decenas de anécdotas cómo la razón es una herramienta poco de fiar cuando se trata de la búsqueda de la verdad. Las más divertidas son las de científicos de alto nivel. Si un premio Nobel no se baja del burro cuando está equivocado, hay que perder toda esperanza en los grupos de wasap.

Generalmente se piensa que el papel de la razón es el de guiar las decisiones y creencias de las personas, como si fuera una brújula. Hugo Mercier no está de acuerdo. El papel principal de la razón no es el de llevarnos a una conclusión sino el de explicar y justificar una conclusión a la que ya habíamos llegado. Para Mercier, la psicología moderna no ha entendido bien la función de la razón, como si al ver este reclinatorio hubiera creído que se trataba de una silla y luego se preguntara por qué, desde un punto de vista evolutivo, la silla no va bien para sentarse.

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Si la razón no nos saca de nuestros errores es porque no está diseñada para eso, su función consiste más bien en justificar nuestras creencias en busca de la aceptación social, que es lo que buscamos todos desde que íbamos a EGB.

La razón le sirve al ecologista para deducir que el virus es un mensaje de la tierra que se estaba quedando seca y al creyente para entender que Dios nos pide a gritos que atendamos lo que realmente importa. Para eso, la razón funciona como un reloj.

Según Mercier, la razón tiene una función doble: para el comunicador produce argumentos con los que convencer y, para la audiencia, sirve para aceptar los argumentos que son buenos y rechazar los que son malos. Somos vagos y flexibles con aquello que nos da la razón, pero implacables con lo que no. Y menos mal, por eso avanza la ciencia, porque somos inclementes con el análisis de los demás. Y mira, ese rigor produce vacunas y a lo mejor nos saca de esta. La verdad viene a ser un subproducto de la razón, como si fuera orujo de aceituna después de la prensa.

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Así que mira, qué sé yo. Sobre todos nosotros cae la misma nieve. La biología es despiadada porque es azarosa e impersonal. Quizá son días destinados al silencio, a dar las gracias, a sentenciar menos, a mostrar a nuestros hijos que no tenemos ni idea de por qué nos suceden la mayoría de las cosas que nos suceden. Ponernos un poco en mute en esta gran videoconferencia a la que nos han invitado, por lo que sea.

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