Enseñar a montar en bici

 

Me dicen con veinte años que a los cuarenta mi fuente de felicidad iban a ser los pequeños logros de los niños y lo mismo me pego un tiro. Así que era esto ser feliz, esta mediocridad tan reconfortante, el tacto gelatinoso de la corriente que me ha llevado a ser una más en el atasco, en la función de extraescolares, cada tarde cuando elegimos el cuento para leer antes de dormir.

Pero mira. Este mainstream tan patatero es también la certeza de ser útil, de ocupar el lugar cosmológico exacto en el que debo estar. Esta misma noche un grito de niño me ha arrancado del sueño, ¡Mamáaa! Y el desconcierto, la prisa por llegar, para ahorrarle la angustia y cerrar sus ojos inútilmente abiertos, me dota de una paz infinita. Ha balbuceado algo y le he llevado a una playa segura para dejarle en la orilla, respirando tranquilo.

Esto iba yo pensando mientras empujaba el sillín de mi hijo de 5 años y le animaba por detrás para que no se torciera, ¡mira al frente!, mira siempre al frente, como si en vez de enseñarle a montar sin ruedines le estuviera despidiendo en un andén hacia Dunquerque ¡Busca tu equilibrio!

Quizá hubiera sido mejor un terreno más liso, con algo de cuesta, empieza a dolerme la espalda y no me atrevo a soltarle, y qué fue de mi equilibrio, dónde quedó la militancia, que más que militancia era reírse por todo. Me siento a veces como Rosenfeld en todos los hombres del presidente acusando a Robert Redford: ¿Acaso no recuerdas cuando estabas hambriento? Es como haber firmado un pacto, consigues dotar a la vida de sentido y a cambio la vida se inunda de tareas pequeñas que entorpecen lo que verdaderamente te gustaría estar haciendo.

Y sí. Que una no se puede alimentar de ser madre yo ya lo sabía, te das cuenta pronto, cuando ves a tu madre aplicarse el tinte en casa, que es una imagen terrorífica, y te preguntas quién la engaño, en qué momento. Ya lo sabes tú, porque es cíclico, tu hijo agradecerá los servicios, pedirá las llaves y se enamoriscará de alguna sosa que le abandonará sin consuelo, sin el tuyo al menos, porque el consuelo materno es humillante y da mucha grima, crecer es separarse de los demás, reconocer esa distancia, eso iba yo pensando, acelerando la marcha mientras sujetaba aún el sillín, arrastrando mis pensamientos como una ristra de latas. Y entonces sucedió. Empezó a tomar mayor velocidad que la que yo le impartía, a pedalear sin mirar atrás, ¡vuela hijo mío! Lo note feliz, y yo simétrica a él, resoplando, aminorando mi marcha y finalmente quieta, haciéndome pequeña. ¡No pares! Busca tu equilibrio.

 

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