El fin del principio

Estaba yo viendo “La vida de calabacín” con los niños y oí de soslayo como mi hijo de 4 años se limpiaba los mocos con la manga de pura emoción en la escena final. Cuando te emocionas en esa escena ya no hay marcha atrás, me dije, it’s time. Estas cosas hay que enfrentarlas con decisión, así que apagué el netflix, me anudé la bata de madre y le tomé de las dos manos para hablar de la muerte. Esta charla siempre ha estado muy arriba dentro de mi top de charlas. Hay que contestar a todo con no sé y luego un silencio, pero aquí un extracto de lo que fue la charla, para que veáis un poco el nivel.

– ¿Y tú también te vas a morir? – dice

– Sip

¿Y cuándo?

– No sé

(Silencio)

Mientras pienso: Algún día moriré y tú también, las partículas de las que estamos hechos  volverán al estado inerte en el que todo comenzó, así lo exige la entropía, pero no lo digo porque soy muy fan de la pedagogía del silencio activo que consiste principalmente en morderte la lengua hasta que salga sangre.

Me gusta acabar con un “y ya sabes tanto de la muerte como yo” y un besito en la frente, porque no hay nada más cierto y porque son dos lecciones en una, la intolerable idea de que vamos a morir, y la súbita evidencia de que tus padres lo ignoran casi todo, Sócrates y Schopenhauer all-in.

 viendo la tele post muerte

Así estaba yo tranquilamente viendo la tele

 

Dice Savater que el niño aparca la idea de la muerte hasta los doce años, cuando comprende, un martes por la mañana, bajo el grifo de la ducha, que él también morirá. Hasta entonces, sigue pensando que la muerte es un asunto de otros, que él está protegido por alguna fuerza que lo salva, una especie de derivada del efecto Lago Wobegon o  efecto “soy mejor que la media” que nos sucede a todos  y que es una imposibilidad estadística que me encanta.

 king

En un encuentro, poco tiempo antes de morir, Miguel Delibes le dijo a su amigo Gonzalo Sobejano: “Somos huérfanos”. El profesor, sabio y fumador empedernido, le contestó: “Pero somos hermanos”. Y ahí es un poco a dónde yo quiero que lleguen, no sin disfrute del camino.

Para hablar de la muerte y otros asuntos, he descubierto estos días el  Wonder Ponder, un proyecto inteligente de filosofía visual para niños creado por Ellen Duthie. Son unas tarjetas con dibujos que se pueden ordenar como quieras y que te ayudan a plantear preguntas a los niños. Mi caja favorita es “Whatever you want”, me remueve porque trata de la libertad, de las reglas, de hasta dónde se puede estirar el chicle: ¿Te gustaría conocer tu futuro? ¿Tiene derecho el gaitero a tocar la gaita? ¿Quién decide que el gato no se come y el pollo en cambio sí?

 gato

Puajj, otra vez sopa de gato!

Da gusto verlas, aquí os pongo el enlace a las tarjetas wonder ponder:

http://www.wonderponderonline.com

y me gusta esto que dice Elvira Lindo acerca de la maternidad años más tarde:

 lindo

Y bueno, admitámoslo, estamos muy lejos de ese punto. Un niño pequeño tiene esa capacidad de dinamitar la charla y helarte el espinazo cuando levanta la vista de una uña del pie que se acaba de repasar a mordiscos y pregunta: Cuándo te mueras, ¿podré ver todo el día los dibujos?, por poner un ejemplo  aleatorio e impersonal.

En esto estaba yo, en trasladarles a mis niños la angustia por la muerte y el tempus fugit, cuando me llega un correo de una amiga que tuve hace unos 1.300 años. Quiero conservar aquí su anonimato y sólo diré que la última vez que la vi partíamos la noche. Leí el mensaje con el corazón dando saltos como un colibrí enjaulado y le respondí haciendo un resumen de todo, los hijos, el trabajo que disfruto -y además mientras trabajo no estoy delinquiendo-, la mujer que no teme vestir en tonos camel y conducir su monovolumen por la m-30 en la que me he convertido, el recuerdo como un rastrillo que deja zanjas en la piel.

Quedé con ella en un bar del centro, frecuentado entonces muchas veces, como si todos los demás nos fueran a estar esperando con un ron en la barra si nos dejábamos caer por ahí un sábado por la noche. No había nadie más, nadie de los nuestros quiero decir, y confieso que al verla pensé dios mío, está viejísima, parece mi madre, a no ser que yo misma también lo parezca, pero lo pasamos bien, y después fuimos a bailar, rodeadas de milenials y con mucha risa, y sí, comprobado, por muy bien que una bailara a los veinte, cualquier movimiento de cadera queda ahora como una jota aragonesa. En definitiva, fue una gran noche y podremos vernos dentro de otros 1.000 años si todo va bien.

 camel

En esto me he convertido

De todas maneras a mí cuando pienso en la muerte me da por comer,  me ha pasado  siempre y no aspiro ya a remediarlo pues como dice mi madre, la verdad será provisional pero las costumbres no.  Otras de las grandes enseñanzas de mi madre que vienen al caso son:

 – Si el zapato te aprieta en la zapatería, te apretará siempre

 – Los secretos no existen

 – No tiene sentido hacer masa quebrada una misma

Así que bueno, entre la idea de la muerte y que ha llegado la navidad, que son dos cosas que qué le vas a hacer, he decidido entregarme a la comida. Leo estos días La casa de Lúculo del gran Julio Camba, una finísima crónica del placer de comer, pero sin tontería foodie. Me gusta, por ejemplo, esto:

Una sardina, una sola, es todo el mar, a pesar de lo cual yo le recomendaré al lector que no se coma nunca menos de una docena…No es para tomar en el hogar con la madre virtuosa de nuestros hijos, sino fuera, con una amiga golfa y escandalosa. Las personas que se hayan unido alguna vez en el acto de comer sardinas, ya no podrán respetarse nunca mutuamente, y cuando usted, querido lector, quiera organizar una sardinada, procure bien elegir a sus cómplices.  Las sardinas asadas saben muy bien; pero saben demasiado tiempo. Después de comerlas uno tiene la sensación de haberse envilecido para toda la vida. El remordimiento y la vergüenza no nos abandonaran ya ni un momento y todos los perfumes de la Arabia serán insuficientes para purificar nuestras manos. 

De todas maneras no quiero dejar de felicitaros, queridas lectoras, estas próximas fiestas, y de contaros con gran satisfacción que inauguro una nueva sección en el blog titulada: Cosas que veo en blogs de crianza y que me hacen pensar que en el apocalipsis. Porque si bien la vida es demasiado corta para odiar, no es menos cierto que a nadie le viene mal un poco de carnaza.

¿Y vosotras?  ¿Habéis hablado de la muerte con vuestros niños? ¿Os gusta filosofar con ellos? ¿Os vais a veces a la cama sólo para dejar ya de comer?

 

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2 respuestas a El fin del principio

  1. alanchita dijo:

    respondiendo a ru pregunta: to en vez devirme a la cama para dejar de comer, me llevo la comida a la cama. y leo. es lo más.

    y otra cosa: justo este ciernes vi Calabacín con mis hijos y pensé que me había pasado tres pueblos; no te dio esa sensación?

    *buen post, bloguera premiada!

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  2. Xiana dijo:

    Me declaro fan de tus post, me encantan. Y me pregunto, ¿de dónde sacas el tiempo (sabiendo además lo que le dedicas al trabajo) para culturizarte con tres fieras en casa?. Eres mi ídola. Para cuándo la nueva sección “Cosas que veo en blogs de crianza y que me hacen pensar que en el apocalipsis”, no la veo todavía disponible?.

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